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Antiguo 27-11-2012, 23:06:30   #887
pairospam
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Predeterminado Re: Merkabah: de tolva a motorhome

Y bueno... luego de terminar con los paquetes de resortes me bajó la indiada y pensé que estaba bueno con esto de esperar el momento adecuado para ir a conseguir gravilla para arenar el chasis. Me había hecho el de las chacras por suficiente tiempo; tenía que darme la lata para poder avanzar. Recuerden que tenía que arnear a mano la cosa así que no era tan jauja.

Me tocó llevar la moto a la revisión técnica ya que la que tenía estaba ligeramente vencida y mientras alegremente esperaba a que me dieran los papelitos, en lo que se demoran unos tres cuartos de hora al menos, no sé por qué, un camión Mercedes Actros, enorme y alto, estaba pasando por la pista de los camiones. Aproveché de inspeccionar un poco para ver cómo estaba dispuesto en los modelos nuevos el sistema de suspensión y la barra estabilizadora, los tipos de soportes y la disposición de los tecalanes y del sistema eléctrico. Todo fantásticamente dispuesto y ordenado. Recordarán la gran ensalada de tubos y cables en el exasperante desorden de la Merkabah. También vi que me copiaron la idea de poner los tanques de aire en medio de los largueros del chasis. Enfin, el camión se fue y a mi me quedó dando vueltas el asunto de los soportes de las distintas piezas. Logré hacerme con los papeles de la moto un poco antes de tiempo gracias al infaltable pituto y con el flamante sello nuevo me fui de vuelta… a la pega.

Ese fin de semana no hubo trabajo en la Merkabah ya que mi hermano estaba de visita. El domingo lo fuimos a despedir con Carmen al aeropuerto, y solo a modo de comentar las cosas raras que me suceden con una insistente frecuencia, al volver al estacionamiento me encontré que tenía un candado colocado en la rueda trasera de la Honda. Qué onda?- Díjeme yo al ver esa cosa puesta donde no se suponía que debía estar. Buscamos a un encargado, lo que nos tomó algo de tiempo, y encontramos finalmente a un peladito en bicicleta que nos acompañó y al ver la moto con la cosa esa solo se limitó a decir: Ah. Voy a buscar la llave. Y así lo hizo, sin mayor explicación. Plop. Sacó el candado, no sin dificultad, y nos brindó sus parabienes. Nos fuimos del aeropuerto, sin problemas en el pórtico de salida a pesar de la media hora extra de ocupación del estacionamiento, y aún nos reímos, extrañados, por el evento.

El lunes por la tarde siguiente, armado con la pala, el arnero y el balde, partí bajo el abrasador sol de noviembre a las orillas mismas del río Aconcagua y pregunté en dos plantas de áridos a ver si tenían la gravilla fina que andaba buscando. Nop; tendría que sacarla yo solito. Poniendo atención a que ninguna enorme y amenazadora pala mecánica pasara sobre la diminuta Fiorino y sobre mí sin percatarse siquiera, busqué la pila de gravilla más fina que encontré y luego de dos horas y media, dos litros y medio de sudor, dos kilos y medio de tierra repartidos en el pelo y el cuerpo, logré obtener casi la mitad del balde de gravilla fina. A pesar del viento que corría y mi sistema (patentado) de arneado al voleo, la gravilla quedó algo contaminada con polvo, pero no tanto como para impedir su uso.

Mientras lanzaba palada y palada al aire y de vuelta al arnero divisé a lo lejos, cerca de las instalaciones de la planta de áridos, una estructura amarilla, una cabina de camión a medio hundirse en la arena del río en medio de otras maquinarias en descomposición. A lo lejos, pero me pareció reconocer la cara trasera de la cabina de una Mercedes NG. Hmm…

Una vez me cabreé de arnear (tuve que decir para mis adentros varias veces –vamos, la última, Pairoa… la última!) pasé a darle una vuelta a la aparición y efectivamente era un pobre NG pudriéndose de a poco. Me bajé y le di unas vueltas pocas y encontré que podría ser que algunas de las piezas hicieran un aporte valioso a la Merkabah, especialmente los soportes y otras layas que de no encontrar tendría que fabricar. Ya saben, las cosas nunca suceden por casualidad. Al hacer las averiguaciones pertinentes parece que nadie se quería meter con el camión y me mandaron a hablar directamente con la dueña de la planta cuyo nombre se me olvidó al instante pero que sonaba como algo terrible en la boca de los empleados. Parecía entretenido y desafiante, pero era pega para otro día.











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