Los fuimos a dejar al aeropuerto a la mañana siguiente y el camión quedó guardado donde alguna vez esperara la Merkabah su turno para entrar a desarme y overhauling, en el campo.
René y Karen llegaron esa tarde de paso a Santiago, lamentablemente a destiempo para conversar con Jago y Lucie, los que se habían mostrado encantados y asombrados con las fotos de Destructor. Fuimos a darle una vuelta al Tatra en el campo y lo intruseamos entero, autorizados por Jago, por supuesto. Los viajeros se quedaron de nuevo con nosotros y dejamos la lengua en la cháchara nocturna.
Al siguiente día, la víspera de Navidad, partimos temprano Carmen y yo al campo a buscar el Tatra para seguir con los trabajos encomendados y recomendados. Al volante de esa mole el mundo parece pertenecerle a uno, y a Carmen le encantó la sensación. Bien. El manejo resultó espectacularmente sencillo y la caja de cambios, accionada por aire, era como la de un auto. Mi experiencia en camiones se limita a lo poco que anduve en la Merkabah, pero me pareció curiosamente familiar y normal andar con todas esas toneladas a cuestas, y los cálculos de distancias y fuerzas tampoco se me hicieron lejanos. En otras palabras, me encantó manejar la güeá! La foto muestra la cara de felicidad y la falta de previsión a la hora de acordarme de llevar las gafas de sol, así que con las de Carmen no más.
René llegó al poco rato y, frente al taller, los dos camiones eran la fiesta de los curiosos. Llevé al Tatra a hacer cambio y rotación de neumáticos y luego René y yo hicimos un par de arreglos y un pequeño servicio a Destructor allí mismo, en la calle, ya que no había espacio en el taller para ingresar el camión. Me picaban las manos por terminar de granallar la Merkabah, pero me encantó dedicarles la mañana a René y a Karen.
Aproveché de fotografiar por todos lados el exterior del camión cuando estaba en servicio y me llamó la atención, entre otras cosas, el sistema pivotante del parachoques trasero, el que resultaba increíblemente pesado. No fotografié el interior ya que el desorden era mayúsculo y Jago tenía que terminar de arreglar varias cosas antes de poder poner las cosas en su lugar de nuevo. Por la tarde los trabajos en el Tatra habían concluido y me lo llevé de vuelta al campo después de granallar otro par de horas los cansados fierros de la Merkabah. Ahora que los XZL delanteros estaban colocados donde debían y no en el techo, el Tatra tenía verdadero aspecto de camión de expedición.
Luego de pasar la Navidad en familia, como corresponde, y descansar el 25 de diciembre completo, retomé los trabajos el 26 y seguí granallando y recogiendo granalla. Francamente estaba chato pero no dejaba por ello de trabajar. Pickering llegó esa noche muy tarde desde el aeropuerto y al día siguiente lo acompañé a buscar el Tatra al campo. Me alivió el que él mismo lo llevara al taller, por eso de que “en lo ajeno…..”. Mientras Jago trabajaba en el interior del camión tratando de arreglar el WC, Eduardo daba los toques finales a la parte mecánica y yo seguía peleando por dejar pelado el fierro de la caja y del chasis. Con una mochila a cuestas apareció en el taller un gringo de nombre John Hill (Juan Colina, según él mismo) que acompañaría y sería el copiloto de Pickering en el trayecto del Dakar, un flaco cincuentón con varios títulos universitarios, una novia en Buenos Aires y la gracia de haberse venido en moto desde Colorado hasta Argentina en su KTM Adventure y ser rayado por las motos. Entre los dos trataron, sin mucho éxito, de poner las cosas en su lugar dentro de la cabina. Yo decidí hacer la sesión de fotos y de mediciones en medio del caos ya que asumí sería la única oportunidad de hacerlo.
Luego de las fotos seguí con el consabido granallado, avanzando y repasando. Cada vez que miraba me parecía que había que dar otra poca de fierros al fierro.