Por la noche se alargó la conversa y las copas con los gringos y se habló de fierros, de viajes, de amores y sueños, en una mezcla de espanglish casi insoportable pero a la vez muy entretenida.
A la mañana siguiente temprano, la moto y el Tatra hicieron buenas migas frente a la casa. A lo mejor el japonés y el checo se llevan mejor, quién sabe.
Y bien, Jago y John partieron tan atrasados como solo puede ocurrir con viajes muy planificados con destino Lima luego de un almuerzo entre medio de correos electrónicos, transferencias y comunicaciones varias, y yo volví a sumirme en mi obsesión.
El día 29 de diciembre por la tarde decidí, ya muy cansado luego de dos semanas de granallado eterno, que estaba bueno. Al día siguiente agarramos un par de pilchas, la carpa chica nueva y los implementos de camping y partimos al norte por la ruta interior que va desde Putaendo por Cabildo, Caimanes, Illapel y otros hasta Ovalle. Nos fuimos turisteando, como siempre y nos pilló la tarde el Las Chinchillas, donde alojamos a un lado del camino en un lugar semi oculto ya conocido de expediciones previas. Retomamos ruta temprano y me encontré con un viejo y descuidado Unimog y no pude hacer menos que parar y llorar con él mientras Carmen sacudía la cabeza como diciendo “Este de verdad está loco”.
Punta de Choros nos esperaba con poca gente, como esperábamos, y entre los dos saludamos el año nuevo al que yo llegué a duras penas, cansado del viaje, del mal dormir de la noche previa y de dos semanas de granallado prácticamente non-stop. Al día siguiente el cansancio no solo era evidente en mí sino también en Carmen, que no pasó de la página 13.
Bueno, para no alargar la cosa sólo pongo un par de fotos que valen la pena y que muestran lo bonito del lugar y uno de los preciosos zorros que pueblan la región, todavía.