Decidí no usar el tapabarros de Repuesto; la Merkabah merecía acero nuevo, así que partí donde mi amigo Verardo a su maestranza y tomé de su pila de trozos de descarte algunas piezas de chapa sin uso de distintos espesores para trabajar con ellas.
De vuelta en el taller las marqué y corté para obtener los parches necesarios. No mal pero no crean que es así de fácil.
Escobillé y saqué del óxido de la cabina todo cuanto pude y luego imprimé las áreas donde los asientos iban apernados, esperando que eso retrasara la formación de nuevo óxido en el caso de que entrara agua por falla del nuevo sello a aplicar.
La chapa más externa era de 1 mm de espesor y corté la pieza de parche luego de medir y re-medir al menos cuatro veces, tratando de no quedar ni corto ni muy pasado para dejarlo bien al primer intento. Por fortuna el corte fue preciso.
Llegó el fin de semana y era el cumpleaños de mi cuñado Eduardo. Alguien vino el día antes y le dejó la peor de las tentaciones entre manos: una moto. Pruébala, siéntela y y cómpramela si te gusta, le dijo, en mil cómodas cuotas. Era una antigua pero aún capaz Yamaha XT 400, con poco uso y muy bien cuidada.
Lo acompañé entonces en la Africa Twin en un largo recorrido esa mañana de sábado para probar la moto. Él no es un piloto muy avezado pero anduvimos por varios senderos alrededor de San Felipe y Putaendo y ambos, piloto y máquina, se portaron bastante bien. El problema fue la Africa Twin y sus 230 y más kilos y la falta de entrenamiento debido a mi dolor de espalda de larga data. Terminé exhausto y debí dormir un par de horas por la tarde para reponerme del esfuerzo. Definitivamente no estaba para trotes en ese momento.
Lunes por la tarde; realmente tenía ganas de empezar a parchar la cabina, especialmente porque quería saber como andaba el pulso. Hice muchos metros de soldadura en chapa fina cuando estaba en lo de la Blazer 6x6 y la curva de aprendizaje iba bastante empinada por entonces.
Bueno, después de muchas demoras conseguí puntear la tira larga y fina de metal del piso y luego la soldé a todo lo largo. Obvia y lamentablemente mi toque se había esfumado. No pillé ni el voltaje ni la velocidad del electrodo adecuados. Peor aún, soldar para arriba es un culo y tratar de esquivar las chispas incandescentes imposible. Muchos auch! se escucharon en el taller esa tarde y terminé con una docena de hoyos de quemadura en la polera y el overall, amén de mi pobre humanidad chamuscada a pesar de todas las precauciones.
Debí de esmerilar y re-soldar un montón pero al final terminé con el trabajo, el que fue juzgado como “suficientemente bueno” por mi profe de soldadura quien, coincidentemente (¿!), pasaba por ahí.
También a pesar de las precauciones, al día siguiente comencé a sentir una irritación que iba en aumento en mi ojo derecho. Terminé donde la oftalmóloga (una más que agradable y simpática señorita de rubia y frondosa cabellera) la que me encontró senda esquirla de metal incrustada en la córnea. De nuevo.
La extrajo con mano experta y esmeriló el óxido que se había juntado alrededor del sitio de incrustación y me dejó medio ciego. Afortunadamente esta vez ni siquiera necesité de parche, pero me dejó sin trabajar un par de días en la Merkabah.