Un día cualquiera, jueves me parece, llamó mi hermano contando que mi padre se había caído en la cordillera. Cuando uno es hijo de un piloto de helicópteros espera una noticia como esa todos los días, pero luego de más de cuarenta años me he convencido de que mi viejo se va a morir de cualquier cosa menos en un accidente aéreo. Por supuesto no le había pasado nada ni a él ni a ninguno de los pasajeros; Pairoa es un viejo zorro y sabe cómo sacarse los balazos.
Al día siguiente coordinó él mismo el rescate de lo que quedó del pobre R44 y el día después terminó el trabajo inconcluso como copiloto en otro helicóptero. Cincuenta años de volar le provocan efectos extraños a la gente. De todos modos… bien por él.
Estoy seguro que el angel guardián de mi padre debe estar tan cabreado como el mío; ese fin de semana me planté una caída tremenda haciendo enduro en una empinada ladera de un cerro cercano y rompí un par de piezas de la moto y abollé mi orgullo. Me sirvió, sin embargo, para darme cuenta de que ya no soy el intrépido quinceañero inmortal que fui alguna vez y decidí tomarme las cosas con más calma por la vida. No hay fotos… no hay dolor.
El verano se había acabado oficialmente la semana previa así que Carmen y yo nos aprovechamos de que ya no había gente dando vueltas y nos dimos un paseíto de domingo a la playa, con un rico almuerzo en nuestro restaurant favorito en Viña del Mar. Lo mejor, insisto, es que no había nadie en la playa, y la puesta de sol fue tranquila, silenciosa y espectacular.
Pero aún faltaban cosas por ocurrir, como parece ser siempre la tónica. Mientras yo trataba de tener algún progreso con la Merkabah, la Africa Twin empezó a hacer unos ruidos algo extraños y el embrague se puso misteriosamente duro. Sin querer me había pasado el tiempo para el cambio de aceite, no mucho, pero temí que eso hubiese arruinado algo del motor. Cambié el aceite y aparecieron unas minúculas partículas metálicas. Había que parar la moto y hacer cirugía mayor, y me refiero a realmente mayor.
Bajé todo lo que me faltaba de información de la red respecto de manuales y estacioné la moto al lado del camión. Eduardo me ayudó a sacar el motor después de tres días de desarme.
El problema con las máquinas viejas, como bien lo sabrán casi todos los que leen estas páginas, es que siempre hay partes y piezas que hay que cambiar aún si no están muy gastadas o malas, solo por el hecho de aprovechar de que las tienes ahí, ya a la vista y con el motor a medio desarmar. Bueno, ésta no fue la excepción. La falla era de la campana del embrague, cuyos resortes habían pedido jubilar, y todos los discos y espaciadores estaban en los límites mostrando signos de desgaste; la viruta resultó ser de aluminio. El eje de mando, uno de los puntos débiles del diseño de la Honda, estaba también gastado en la unión con el piñón flotante y más valía la pena cambiarlo ahora. Otros componentes también mostraban desgaste así que decidimos abrir el motor completo y hacer el overhaul como corresponde y ganar acceso al eje de mando.
Por supuesto, todo trabajo en la Merkabah se suspendió hasta nuevo aviso.
Pero, como siempre sucede, el Gran Jefe me tenía preparada una sorpresa, con Su siempre preciso y exacto tempismo, y la GS 650 volvió a mí, sin previo aviso y luego de casi tres años. No existen coincidencias, no me canso de repetirlo.
Los detalles me los quedo ya que trata de una historia muy triste que implica el rompimiento de una amistad, pero al final recuperé la BMW y ésta me sería muy útil mientras la Africa Twin estuviese en la UTI, esperando el despiece completo y que los repuestos llegaran de Japón.
En realidad estaba medio cabreado de tener que hacer cosas ajenas al proyecto de la Merkabah pero ya que estábamos en esa Eduardo y yo desarmamos el motor y lo inspeccionamos en detalle para reemplazar lo que fuese necesario. Valió la pena, como había dicho, ya que pudimos ver que había componentes que era mejor cambiar. La caja de cambios estaba perfecta así que solo era cosa de cambiar el dichoso eje de mando. Una vez cambiásemos las cadenas y las guías de válvulas, las bombas de agua y aceite, el embrague, el eje y un par de cosillas más el motor quedaría como nuevo.
Encargué los repuestos, empaqué las piezas del motor y las dejé arriba del banco de trabajo a esperar su turno una vez llegaran los repuestos, en un mes más.
La siguiente vez fui directo y agarré el esmeril angular y corté el borde oxidado de la cabina que va sobre el tapabarros del lado del piloto. Aún si lo había hecho muchas veces siempre se siente como si hicieras alguna cagada que no pudieses reparar después. Hmm…
Saqué tres trozos muy oxidados y corté luego tres pedazos ad hoc de chapa nueva. Las soldé en forma prolija y respetuosa con la ayuda de las nunca bien ponderadas prensas de mano.