La instalación del winch delantero resultó ser un asunto más entretenido de lo esperado, algo muy bienvenido, y como no podría dedicarme a otra cosa por ese entonces y por varios días más, me fui donde Verardo a recolectar pedazos de fierros para construir la caja y los soportes necesarios. Le compré una placa de 6 mm que uno de sus trabajadores cortó de una plancha enorme y saqué de entre la pila de desechos unos cuantos perfiles y tubos algo oxidados.
Esa tarde hicimos algo inusual y nos escapamos Carmen y yo a Santiago a cenar con René y Karen Larraguibel y con Nigel y Vero Moelecker. Fue un encuentro muy agradable y el sushi estuvo delicioso.
Seguí alternando entre los fierros del winch y la cabina en los calores vespertinos del verano, y de a poco iba avanzando.
La caja del winch iría apernada al travesaño por arriba y a las defensas originales por los lados, pero atrás tenía que haber una estructura lo suficientemente sólida como para anclarse y de la cual tironear sin temor. Un perfil de acero de 6 mm apernado directamente al chasis parecía ser una buena solución. Tuve que recortar una estrecha franja del perfil para no entrar en conflicto con el radiador pero de igual modo fui afortunado en no tener otras piezas o estructuras que entraran en conflicto con la caja o con el perfil.
Preocupado por el desempeño del radiador con tanta cosa puesta por delante? Sí, pero solo un poco.
El sábado por la mañana Carmen y yo nos levantamos temprano… bueno, no tanto, y nos fuimos en el Montero a Lontué, a casi 300 km al sur de San Felipe, al matrimonio de mi prima. La recepción fue en el campo, en los jardines de una preciosa y típica casa de adobe del valle central. Mi prima estaba muy contenta, el buffet estaba muy rico, la ceremonia fue un éxito, la piscina después de la comida muy fresca, las amigas de mi prima muy ricas, todo bien. Estaba más caluroso que San Felipe debido a la humedad, pero fue una muy buena tarde.
Pasamos la noche en casa de mi tía, la madre de mi prima, y – aquí viene el dato bueno- mi tío, octogenario piloto y carpintero, me mostró el producto ideal, según él, para trabajar con el panel tapiz de cholguán de la Merkabah; una cola fría especial que yo no conocía y que resiste tanto agua como calor. Hugo solía construir botes así es que sabía de lo que estaba hablando, supongo.
Nos volvimos por la costa, como es tradición, para disfrutar de las vistas del campo y del mar, para manejar un poco por las dunas y la playa, comer un rico pescado en nuestro restaurant favorito en Duao, y brevemente visitar a un amigo en Pichilemu. Mala elección; nos pilló el fin de la quincena y el “tráfico” veraniego nos bloqueó por horas. Llegamos a la 1:30 AM a casa. Esta vez no dije: nunca más!
Sudando como caballo ya, comencé con los cortes de las planchas de acero para fabricar la caja del winch el lunes por la tarde. Una vocecita seguía dándole vueltas a la idea de que quizás no debía usar 6 mm sino una plancha más gruesa. Un buen diseño y soldaduras sólidas y todo irá bien, contraatacaba otra voz desde el lado opuesto. De cualquier modo, seguí adelante basándome en la maqueta de cartón, echando chispas para todos lados.