Después de almuerzo llegué al taller directamente a la caja donde guardo los artículos de pintura a preparar el imprimante. Dos manos y media según el fabricante. Cómo cresta se aplican dos manos y media, ah?
Esta vez el imprimante no dio problemas pero torpemente lo derramé un par de veces sobre el banco; un desastre.
Finalmente, al menos tres manos de imprimante fueron rociadas sobre los paquetes. Bien. Limpié la pistola y todos los adminículos y los guardé en su lugar. Luego busqué las manos traseras de los paquetes para continuar con el armado de la suspensión y… adivinen qué… no estaban imprimados. Los limpié y los dejé envueltos y guardados, nada más. No me acordaba.
Era tarde, bueno, quizás no tan tarde pero no tenía ganas de armar todo el cuento de la pintura de nuevo, no a esa hora. Me carga limpiar la pistola!
Aún así seguí con la idea y tomé los bujes nuevos y los pasadores torneados por Verardo, escondidos en un recóndito ángulo del taller. Los bujes eran los que pude conseguir y tenían 12 milímetros de exceso del que había que encargarse ya que no eran para el modelo de la Merkabah. Los marqué y los corté con cuidado y luego los introduje en sus lugares y quedaron de perillas. Nada que ver con el estado de los bujes que salieron al desarmar los paquetes.
La tarde estaba llegando a su fin pero como Carmen aún tenía cosas por hacer en su oficina me dio la locura y agarré el depósito de anticongelante/refrigerante que estaba hace algunas semanas estorbando en el suelo por ahí cerca. Contenía montones de piedrecillas de precipitado del óxido de los siglos así que lo lavé en forma concienzuda. Empecé a despojarlo de a poco de lo que parecía un kilo de varias manos descuidadas de pintura negra de distintos tipos. Mi sorpresa fue grande cuando me di cuenta de que estaba hecho de bronce. Lo quería dejar operativo para poder echar a andar el motor y evitar que sufriese por la inmovilidad prolongada. No logré avanzar mucho y me tuve que ir.
Una vez llegó el momento de poder poner las manos sobre los fierros de nuevo, cosa que cada vez parecía costar más y más, preparé el escenario para pintar. Barrer, sopletear, barrer de nuevo, empapelar, etc. Como me daba lata imprimar solo las manos de los paquetes de resortes, preparé algunas otras piezas a medio terminar y luego las rocié con wasprimer. Eso me llevó toda la tarde.
Cuando volví al taller la idea era de imprimar las piezas listas así es que agarré también el yugo delantero y de nuevo barrí y limpié todo para que hubiese la menor cantidad de polvo posible. Fue un verdadero placer poder aplicar el imprimante al pedazo de fierro que había estado esperando hacía varios meses escondido detrás del banco de trabajo. Alejandro me ayudó a mover los fierros según se requería, y mi espalda aguantó bien los esfuerzos. Imprimé todo hasta vaciar la pistola. Ya todas las piezas estaban listas para poder armar la suspensión, o al menos eso creía yo.