El sábado fue de reuniones sociales y familiares. A última hora del domingo, Eduardo y yo salimos a dar una vuelta a los cerros luego de festejar debidamente a las madres en su día. La noche nos encontró cuando ya habíamos pasado las partes peludas de vuelta así que solo hubo diversión, sudor y tierra. Bien. Mi cuñado aparece aquí en un aro, cooperando contra la sequía del valle del Putaendo.
Cuando llegó la tarde del lunes lo primero que hice fue darle una sancochada a las golillas, hasta casi los 500°C, según me recomendó Verardo, y luego las templé en aceite, para no dejarlas muy quebradizas. Con eso se supone que aumentaría un poco su dureza sin perder resistencia. Hmm… ojalá.
Me apoyé con la gata hidráulica y pian piano logré acomodar manos, golillas, gomitas y pasadores hasta que el paquete derecho estuvo listo, de nuevo en su lugar. Se veía muy bien, como todo lo que se renueva. La colocación fue bastante sencilla una vez encontré la técnica adecuada de poner las golillas y las gomas y todo calzó muy bien.
Los verdaderos problemas empezaron cuando traté de repetir la maniobra con el paquete izquierdo. Para empezar, la mano trasera había recibido un golpe y la pestaña estaba levemente deformada. Lo arreglé con lima fina pero de todas maneras las golillas eran demasiado gruesas, dos décimas de milímetro respecto de la original, así que hube de reducirlas a punta de frotarlas contra lija #240 sobre una superficie plana. Una lata y un sufrir de dedos.
Una vez las golillas estuvieron bien hubo que brutear un poco con las gomitas también, manejando milímetro a milímetro los varios kilos de fierro con la gata. La foto no le hace honor a lo que me costó dejarlas en esa posición.
Pero lo peor vino después, siempre al final. Resulta que el paquete estaba ligeramente alabeado y se requería de fuerza lateral para conseguir que calzara con la mano delantera, lo que logré con el uso de la piola de seguridad pero, además, el extremo curvo de la hoja madre no tenía los bordes paralelos y no había caso de meter las golillas. Tuve que maniobrar varias veces y con el esmeril angular, con paciencia y mucho cuidado, logré aplanar el borde de la hoja de manera de dejarla paralela, por cuanto posible, a la mano. Un hueveo madre de casi dos horas.
Logré poner las golillas y pasar la mitad del pasador, pero el alabeo impedía que el pasador siguiera su curso. A esas alturas me dí por vencido y dejé la cosa de nuevo hasta ahí y me fui a mi casa, con el cuerpo adolorido por las posiciones incómodas y el esfuerzo mantenido. Entendí por qué el ojo chino se había formado en la mano original de la Merkabah; las fuerzas de torsión del paquete. Habría que hacer algo para evitar que se produjera de nuevo, pero primero a ver cómo podía poner bien el bendito pasador.