Pasaron algunos días, si mal no recuerdo, y me aparecí de nuevo por el taller e hice un poco de espacio, cada vez más escaso, y coloqué el tanque de diesel de 500 litros sobre los caballetes. Gran pedazo de … fierro. El inoportuno candado seguía en su lugar después de todo este tiempo.
Por supuesto, el tanque requería a su vez de tratamiento de belleza, y se veía que iba a ser más o menos largo, así que antes de comenzar preparé más pintura gris y subí a terminar el trabajo de pintura de las piezas recientemente imprimadas que colgaban del techo. Les eché unas buenas manos pensando que habían quedado perfectas, cubiertas por un kilómetro de espesor de pintura. Pero no, según me fijé después. Hmm…
Para evitar mandar toneladas de pintura y óxido a la atmósfera decidí remover la pintura del tanque con espátula tanto como pudiese antes de usar herramientas eléctricas. Fue un buen ejercicio, tanto para el músculo como para la paciencia.
Una vez las piezas pintadas estuvieron listas las descolgué y colgué los tanques de aire para pintarlos. Estaban muy sucios y con algo de óxido en las boquillas y conectores así que los limpié y luego los lavé con agua y jabón, cuidando de no desparramar agua sobre el piso de madera del ático. Un trozo de las mangas de plástico de la antigua y última cámara de granallado reciclado sirvió para contener el tsunami de agua y mugre, pero fue un desastre y me tomó toda la tarde así que me quedé sin tiempo ni luz para pintar. Lo dejé todo preparado para pintar la próxima sesión, incluyendo las piezas en las que me faltó pintura la última vez, y me fui.
Pero, antes de que llegase a tomar de nuevo la pistola para pintar, los famosos rodamientos delanteros llegaron de Bélgica. La siguiente foto es lo más cercano a la gloria. Finalmente estaban todas las piezas para armar los benditos cubos reductores delanteros!
De repente, Eduardo me llamó y salí a ver de qué trataba. Era un viejo Mercedes LK, 4x4, que él mismo había armado y reparado hacía muchos años atrás y que aún trabajaba acarreando paltas en las laderas de los cerros y que, por azar, se estacionó frente al taller. No se veía nada mal, en realidad.
Preparé todo y siguiendo las instrucciones del manual puse todas las piezas en su sitio. Brillaban todas las superficies pulidas, inmaculadas, nuevas, y yo me sentí muy, pero muy bien. Ah…