A la hora de las comprobaciones técnicas, el corazón de un novato vibra a menudo más fuerte que el retrovisor de una moto pasando por los pedruscos de Marruecos.
Sus ojos brillan más que el cromo de un tubo de escape. Generalmente, la mezcla stress-excitación-felicidad-impaciencia, ese cocktail sorprendente de proporciones inciertas, ejerce sobre los nuevos un poderoso efecto a falta de unas decenas de horas para la salida. Antoine Lecomte vive en este momento bajo el embrujo de ese efecto. El piloto ha ganado su primera apuesta: convencer a su familia de que le deje irse al rally. "¡No podía irse al Dakar, estaba escrito en nuestro contrato de boda!", protesta su mujer, con los ojos fijos en la rutilante 660 KTM. Pero ahí no queda eso, Antoine Lecomte ha conseguido que toda la familia le acompañe a Lisboa. Sus cuatro hijos se arremolinan alrededor de la moto, como abejas en torno a un panal.
La señora Lecomte explica las razones que la han llevado a reconsiderar su posición, el gran corazón de la mujer de un apasionado ha sido más fuerte que sus propias preocupaciones: "Se estaba haciendo mayor, y me di cuenta de que si no le dejaba hacer el Dakar, se quedaría con la frustración para el resto de su vida". Se le ilumina la cara, le brillan los ojos... sólo falta que pongan música romántica por los altavoces. Unos minutos antes de las comprobaciones técnicas, los dos hijos mayores, Baptiste y Vianney, cuidan la mecánica. Unos metros más allá, sus dos hermanas, con los ojos como platos, disfrutan del ambiente. Aude, de 17 años, con la mano en el hombro de su padre, le murmura con aire de broma: "Tranquilo… Tranquilo". Es fácil decirlo. Pero qué más da, su felicidad es contagiosa: "Estoy muy contenta por él, -dice Aude separándose momentáneamente de la moto-, hace tanto tiempo que habla de esto… Todos sabemos hasta qué punto es importante para él... ¡Menos mal que mamá ha terminado por ceder"!
Pero nadie es ajeno a lo que significa una primera participación. Probar el Dakar es, ante todo, correr el riesgo de la adicción. Además, en la familia, algunos saltan ya de impaciencia. Baptiste y Vianney, los dos varones, también sueñan con vivir la aventura un día. Aude, la mayor, se imagina ocupando el asiento del copiloto del coche de su padre. La señora Lecomte va a tener que dar algún que otro permiso más.
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Saludos.
Pipo Zaro
Snarks